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Cruzar el arroyo



El deber de la hija de un campesino era entregar garrafas de vino fresco a sus clientes, distribuidos por varios pueblos en las cercanías, uno de los cuales era un sacerdote. Para llegar a su casa, la hija del campesino tenía que cruzar un arroyo de buen tamaño. Las personas cruzaban en una balsa pagando un módico precio.

Un día el sacerdote, que llevaba a cabo el ritual diario de la misa, encontró que la joven mujer llegó muy tarde y la reprendió. "¿Qué puedo hacer?" – le dijo ella – "Salgo temprano de mi casa, pero tengo que esperar mucho tiempo para que llegue el barquero".

Entonces el sacerdote le respondió (pretendiendo estar serio): "¡Qué! La gente ha caminado a través del océano mediante la repetición del nombre de Dios, ¿y tú no puedes cruzar un pequeño río?"

La muchacha se lo tomó muy en serio. A partir de entonces le entregó la garrafa puntualmente todas las mañanas. Entonces al sacerdote le entró una enorme curiosidad y le preguntó cómo era que ella ya nunca llegaba tarde.

"Ahora cruzo el arroyo repitiendo el nombre del Señor" – respondió ella – "tal como usted me dijo que lo hiciera, sin esperar a que llegue la barca". El sacerdote no le creyó, y le preguntó: "¿Me puedes mostrar cómo cruzas el río a pie?"

Así que se fueron juntos al arroyo y la campesina empezó a caminar sobre él. Mirando atrás, la chica vio que el sacerdote comenzaba a seguirla y se hundía en el agua.

"¡Pero padre!" – le gritó ella – "Usted está pronunciando el nombre de Dios pero al mismo tiempo sujeta la ropa con sus manos para que no se le moje. ¡Eso no es confiar en Dios!"