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P S I C O L O G Í A     ●    F I L O S O F Í A     ●    E S P I R I T U A L I D A D
P A R A    D E S P E R T A R    L A    C O N C I E N C I A    Q U E    N O S    H A C E    H U M A N O S


Invisible a la codicia



Los sacerdotes taoístas cultivan desde tiempos inmemoriales artes mágicas que escapan a la racionalidad de los demás hombres, por muy leídos y cultos que éstos sean. Estas artes se basan en unos conocimientos secretos que los monjes se encargan de guardar celosamente, puesto que si cayeran en manos de hombres poco dados a la prudencia, podrían ser utilizados con fines maléficos.

Uno de estos monjes, llamado Sui, dominaba un arte extremadamente complejo y peligroso: era capaz de hacerse invisible a los ojos de los demás. Vivía en Hio K'sang, una ciudad del sur. Allí entabló amistad con un rico y poderoso terrateniente, Jio Ka, de buena familia y probada honestidad, pero que en determinadas circunstancias, sobre todo en lo que se refería a las artes ocultas, cedía a una ambición desmesurada que nacía de su interior. Jio Ka deseaba aprender el arte de la invisibilidad a toda costa, por lo que, al negarse el monje Sui a revelarle el secreto, tramó un plan para que si no podía arrebatárselo al menos pudiera forzarlo a que se lo contara. He aquí lo que sucedió.

Cierta noche, Jio Ka le pidió de nuevo que le revelara su secreto. El sacerdote se negó una y otra vez a acceder a sus peticiones: "Eso es imposible y tú lo sabes. Los secretos de las artes ocultas deben pertenecer sólo a los sacerdotes taoístas, y en especial este. Imagina que llegara a oídos de una persona que no siguiera las directrices del bien; seguro que lo usaría para robar impunemente".

En vista de que no había manera de sonsacarle el secreto, salió del salón donde se hallaban y ordenó a sus sirvientes que cuando oyera que los llamaba golpearan al sacerdote con todas sus fuerzas. Para que no pudiera escapar, llenó el suelo de arena, de modo que si el monje se tornaba invisible, vieran sus huellas al caminar sobre ella.

Jio Ka se sentó de nuevo frente al sacerdote y le dijo: "Como veo que es imposible que me digas tu secreto voluntariamente, tendrás que contármelo por la fuerza. ¡Sirvientes!"

Cuando Sui vio que entraban unos hombres con la intención de golpearlo, se tornó invisible al instante y se deslizó hacia la puerta de salida. Pero sus huellas lo delataron y no pudo zafarse de los garrotes que le caían como una losa sobre la espalda. Ya en el suelo, Sui gritó: "De acuerdo, te contaré mi secreto, pero que tus hombres paren, por favor".

Sui se volvió visible al instante. Yacía en el suelo repleto de moretones en el cuerpo y en el alma. Ante sí tenía a Jio Ka, al que le brillaban de un modo especial los ojos, como los de quien está a punto de vivir una experiencia única. El sacerdote se levantó lentamente y se dirigió a Jio Ka con estas palabras: "Eres un hombre astuto, y en tus manos mi secreto puede convertirse en la mejor arma para tus ambiciones. No me alegro de tener que contarte esto, pero me has acorralado. No te lo contaré hoy, puesto que estoy muy cansado. Permíteme que me vaya a dormir, mañana será otro día".

Jio Ka aceptó sin temor de que huyera, ya que puso a dos de sus mejores hombres a vigilar la puerta de los aposentos de Sui.

A la mañana siguiente, Jio Ka entró en la habitación del sacerdote con la intención de exigirle que le desvelara el secreto de su invisibilidad, pero Sui no estaba allí. Sorprendido, el hombre vio que en una de las paredes el monje había dibujado una ciudad muy hermosa, de altas murallas y férreas almenas. Jio Ka se acercó y se percató de que las puertas de la ciudad pintada estaban abiertas: el sacerdote había huido por ahí y no había dejado rastro.