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P S I C O L O G Í A     ●    F I L O S O F Í A     ●    E S P I R I T U A L I D A D
P A R A    D E S P E R T A R    L A    C O N C I E N C I A    Q U E    N O S    H A C E    H U M A N O S


Las tazas de porcelana



Un Emperador de China recibió como regalo cincuenta y cinco magníficas tazas de porcelana. Eran estupendas y de gran valor. El color dominante era el azul, con gradaciones púrpura. ¡Una maravilla!

El Emperador estaba orgulloso, tanto, que incluso hizo construir una habitación para ambientar dignamente aquellas obras de arte. Le encargó a un Mandarín cuidar de ellas: él sólo podía tocar las tazas y quitarles el polvo delicadamente.

"¡Cuidado con el que las dañase!", dijo severamente al dar la instrucción.

"¡Si alguien raya una taza, le cortaré las manos, y si rompe alguna, lo pagará con la cabeza."

El Mandarín puso todo su empeño, pero una tarde tropezó contra una taza que cayó y se rompió. Y al día siguiente, rodó por tierra también su cabeza. Un segundo y tercer guardián corrieron la misma suerte. Los riesgos de aquel encargo, evidentemente, eran superiores a las ventajas; de manera que nadie en la corte tenía el valor de aceptarlo.

Al fin se presentó un viejo sabio, vivo y sonriente.

"Yo, dijo, tengo ya setenta años, y aun si me va mal, pierdo poco."

Sus modales le gustaron tanto al Emperador, que lo aceptó, a pesar de las acostumbradas exhortaciones y amenazas. Al recibir el encargo, el viejo se puso en acción: tomó un grueso palo y con el ímpetu de un energúmeno, dando golpes como un loco, en pocos instantes rompió todas las tazas, combirtiéndolas en una montaña de cascajo.

Fuera de sí, por la cólera, el Emperador se lanzó contra él:

"¡Maldito salvaje! ¿Qué has hecho?"

Respondió el viejo sabio con imperturbable calma: "He salvado la vida de cincuenta y uno de vuestros mejores súbditos."

El Emperador pensó en ello durante algún segundo; después comprendió, y lo hizo su consejero.